Hace algunos días tuve que volver a Ciudad Universitaria, y cuando estaba llegando no pude evitar notar que el árbol que habíamos plantado cuando falleció Iñaki estaba enorme.
Fue una persona muy querida, y su muerte nos golpeó muchísimo tanto a sus amistades como a su familia. Sin haber sido de sus vínculos más cercanos, me dejó muchísimas enseñanzas. Quizás, lo que más guardo de él, es su visión de la Tierra. Me hizo notar que lo bello del mundo está constantemente frente a nosotros, pero que no todos tenemos la capacidad de percibirlo.
Lo conocí cuando estábamos empezando la carrera, ambos estudiantes de biología de la Universidad de Buenos Aires. Él era un chico tímido, pero que se mostraba siempre muy alegre cuando cualquiera se le acercaba a hablarle. No había nadie que le cayera mal, y a nadie podía caerle mal él. Luego de cada clase, se escapaba rápidamente del aula y en pocos minutos ya estaba en el puente de la Reserva Ecológica Ciudad Universitaria - Costanera Norte, la reserva que se encuentra detrás del campus universitario. Siempre me decía que la reserva era como su segunda casa, y se emocionaba cuando escuchaba a los caraus vocalizando en el humedal. En algunas ocasiones, me invitó a acompañarlo, y me supo enseñar muchísimo sobre las aves que veíamos, plantas y sobre el ambiente en general. No tengo dudas de que Iñaki fue una parte fundamental de mi formación, porque esas enseñanzas me hicieron percibir a la naturaleza de otra forma y entusiasmarme con el deseo de aprender más sobre la biodiversidad. Por ejemplo, me acuerdo una mañana de lluvia en la facultad en la que no veía la hora de volver a casa, él insistió en salir afuera a recorrer la reserva. Me convenció y lo acompañé unos cinco minutos, que bastaron para ver el cortejo de unos sapos. Me acuerdo que me dijo "-Un día que puede ser horrible para toda nuestra especie, para estos bichos resultó ser el mejor día del año, lo que necesitaban para reproducirse-". En el momento no lo pude entender, y para mí lo mejor fue cuando volvimos a entrar al pabellón y nos tomamos un café. Pero creo que desde ese día, se me despertó algo dentro que hizo que ya no viera de igual modo a los días lluviosos. Estoy seguro de que Iñaki habría sido un gran biólogo si el accidente ese nunca hubiese ocurrido.
Iñaki falleció en julio, pero tanto para mí como para Calén, una amiga en común que tuvimos, agosto fue un mes de luto. Una mañana de septiembre, en la clase teórica de química, Calén apareció con una gran sonrisa y un excelente humor. Me contó que en la noche soñó con Iñaki, sintiendo una inmensa paz y luego despertando al escuchar el canto de un ave, y, en sus palabras, “fue de las melodías más hermosas que había escuchado”. Al día siguiente la historia se repitió, y así fueron siguiendo los días, hasta que llegó el 19 de septiembre. Aquel día, Calén tuvo que anotar una fecha en una agenda que tenía y que casi no usaba. Cuando la abrió y llegó al día en el que estábamos, encontró algo escrito en el margen inferior de la hoja: "Si para esta fecha todavía no te dije lo que siento por vos, es que aún no me anime a hacerlo. Si lees esto y sentís lo mismo, buscame. Sabés donde encontrarme. Como el zorzal en primavera, te voy una canción de amor.". Ella se puso blanca. Esa agenda se la había regalado Iñaki antes de irse de viaje.
Aquel día, Calén se fue temprano de cursar. Antes de irse, dio una pequeña vuelta por el puente de la reserva, donde iba siempre Iñaki después de las clases. Y allí, apreciando el humedal, tal como siempre lo encontrábamos, ahí estaba él. Cantando una canción de amor. La misma canción con la que Calén se había despertado esa mañana y las anteriores.
Pasaron siete años desde aquel momento. Hoy Calén es bióloga, y trabaja en un laboratorio de comportamiento animal. Pudo encontrar el amor tanto en su profesión como en su vida personal.
Todas las primaveras observa al zorzal cantando en ese árbol que plantamos cuando éramos estudiantes.
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